
En la actualidad, el delito de extorsión ha experimentado una evolución significativa, adoptando diversas formas y estrategias ingeniosas. Desde el secuestro virtual de seres queridos hasta la simulación de deudas ficticias, los perpetradores buscan explotar la vulnerabilidad financiera de sus víctimas. Sin embargo, este delito patrimonial no solo conlleva consecuencias económicas, sino que también deriva en daños emocionales y psicológicos en aquellos que enfrentan la incertidumbre de no saber si un ser querido se encuentra en una situación de peligro.